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Para quien, como a mi le fascina el vino, estar en Vinitaly es como para un niño llegar a Disney. La cantidad de emociones que se viven son sorprendentes. Esta vez, quise buscar en cada momento algo que me asombrara de manera especial para poder escribirlo. Me estuve fijando en todos los detalles, me concentré en cada vino de manera atenta, cabe decir, que probamos 70 referencias al día por 4 días, es toda una maratón de sensaciones. Pero hoy sentada en silencio con mi copa de Prosecco, me emociono de sólo pensar, que lo que me sorprendió esta vez, es lo mismo que me ha impresionado siempre: el amor por la tierra que tiene cada productor, esa pasión por sus viñedos. Cada uno tiene una historia familiar que contar, la cantidad de manos grandes y carrasposas de trabajo que estreché cada día, me confirmaron que en cada copa hay algo más que un vino, hay tradición, hay respeto por la tierra, hay un trabajo minucioso de cada Bodega para que a  través de cada botella llegue a nosotros la esencia de un territorio.

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La verdadera fuerza del vino italiano es precisamente manifestar de manera distinta las características de cada región, porque cada vez es el suelo el que habla, mucho más que el hombre. Estar en Vinitaly 2016 fue para mí confirmar que la enología no existe sin pasión, que no tengo otra manera de comunicar el vino sino con el mismo ímpetu que me ha trasmitido cada persona que he encontrado en este emocionante camino. Que venga entonces mucho Prosecco, mucho Sangiovese y mucho Nero d´Avola para acompañar los próximos meses que se anteponen al Vinitaly 2017.